
Opinión por Héctor Loya
Toda muerte violenta es lamentable y millones de familias a nivel mundial han sufrido el terrible dolor ante la muerte de hijas, hijos, hermanos, hermanas, padres y madres que no debieron morir.
Desde hace décadas hemos normalizado una realidad que llena los espacios tradicionales y las redes sociales quitándonos la capacidad de asombro y ver de lo más común las muertes a mano armada y los homicidios.
Nada es tan doloroso como el dolor irracional y carente de sentido que arrasa con la paz y los sueños de una familia ante la muerte de alguien que no lo miraremos reír de nuevo solo por la decisión de alguien que mata por motivos de mercado, venganza o simplemente por el crimen organizado, las pandillas y demás.
Duele tanto y es tan común que a veces los casos quedan sin una explicación y las familias quedan marcadas de por vida y sin poder estar en paz, sin saber el motivo por el cual su ser querido fue asesinado.
Las autoridades son las responsables no sólo de investigar los hechos y dar con los responsables materiales e intelectuales, también de conducir la comunicación a partir de la información veraz, precisa y oportuna con la familia.
Para una familia llena de dolor el conocer los motivos y después encontrar la justicia es algo primordial e indispensable, hasta para encontrar el consuelo.
Lamentablemente muchas veces esa justicia que tanto se anhela queda así sin llegar y las investigaciones se alojan en carpetas de investigación que poco a poco quedan en el olvido.
Para el caso, lo único que queda, es que las autoridades puedan llegar a los responsables y que paguen las consecuencias en un mundo que ha normalizado la violencia criminal y la impunidad.
Y muchos se quedan con ese trago amargo sabiendo que la violencia no tiene sentido ni razón de ser sedientos de justicia y hasta de venganza.