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¿Migrar: derecho humano o privilegio?

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Opinión por Héctor Loya 

En un mundo marcado por fronteras, muros y discursos cada vez más duros, la migración se ha convertido en uno de los temas más polémicos de nuestro tiempo. Gobiernos, especialmente el de Estados Unidos, han insistido en una narrativa clara: ingresar a su territorio no es un derecho, sino un privilegio. Pero, ¿realmente es así?

Desde una perspectiva legal, los Estados tienen la facultad de controlar sus fronteras. Es una realidad incuestionable. Sin embargo, desde una óptica humanitaria, la migración está profundamente ligada a derechos fundamentales: el derecho a buscar una vida digna, a huir de la violencia, del hambre o de la persecución. Negar esto es ignorar la raíz del fenómeno migratorio.

En países como México, la migración no es una teoría: es una necesidad. Miles de personas abandonan sus hogares no por elección, sino por supervivencia. Para ellos, migrar no es un privilegio; es la única alternativa. Convertir ese acto en un “beneficio” otorgado por otro país deshumaniza una realidad compleja y dolorosa.

No obstante, también es cierto que ningún país puede abrir completamente sus fronteras sin regulación. Aquí es donde surge la contradicción: mientras se habla de derechos humanos universales, en la práctica estos se condicionan por documentos, visas y estatus legales. El derecho existe, pero su ejercicio depende de permisos.

La pregunta entonces no es si migrar es un derecho o un privilegio, sino por qué hemos permitido que algo tan básico como buscar mejores condiciones de vida dependa de criterios políticos y económicos. ¿Puede llamarse “privilegio” a escapar de la violencia? ¿O es más bien un reflejo de desigualdades globales que los países más poderosos prefieren contener en lugar de resolver?

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La migración no debería ser vista como una amenaza, sino como un síntoma. Un síntoma de un mundo desigual, donde nacer en un lugar u otro define las oportunidades de toda una vida. Mientras esa brecha exista, las personas seguirán cruzando fronteras, con o sin permiso.

Al final, reducir la migración a un privilegio es cómodo para los gobiernos, pero insuficiente para entender la realidad. Porque cuando la necesidad empuja, ningún muro es lo suficientemente alto, ni ninguna política lo suficientemente estricta.