
Editorial por Luis Molina
Corriendo para llegar al trabajo, para cumplir pendientes, para responder mensajes, para “no perder el tiempo”. La prisa ya no es una excepción en nuestra vida diaria: se ha convertido en la norma.
Hoy, detenerse parece un lujo. Comer sin ver el celular, caminar sin pensar en lo que sigue o simplemente no hacer nada, genera una sensación incómoda, casi de culpa. Como si el descanso fuera sinónimo de improductividad.
La vida moderna nos ha empujado a medir nuestro valor en función de cuánto hacemos en el menor tiempo posible. Ser ocupado se volvió sinónimo de ser importante. Pero en ese ritmo acelerado, algo se está quedando atrás: la capacidad de disfrutar.
Disfrutar implica tiempo. Tiempo para saborear una comida, para escuchar una conversación sin interrupciones, para observar el entorno sin distracciones. Sin embargo, en una rutina dominada por la urgencia, esos momentos se vuelven cada vez más escasos.
Las redes sociales también juegan su papel. Nos muestran vidas aparentemente perfectas, llenas de logros y actividades constantes, reforzando la idea de que siempre deberíamos estar haciendo algo. La pausa no se presume, no genera likes, y por eso parece no existir.
Pero vivir con prisa tiene un costo. No solo físico, en forma de estrés o agotamiento, sino emocional. Nos desconecta del presente, de las personas y, en muchos casos, de nosotros mismos.
La pregunta es inevitable: ¿realmente estamos viviendo o solo cumpliendo?
Tal vez no se trata de dejar de avanzar, sino de aprender a hacerlo a otro ritmo. Uno en el que haya espacio para el silencio, para la calma, para lo cotidiano. Porque al final, la vida no está hecha solo de metas cumplidas, sino de momentos vividos.
Y esos momentos, cuando todo va demasiado rápido, simplemente pasan de largo.









































