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Las remesas mantienen hogares, pero no sustituyen los abrazos

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Opinión por Héctor Loya

Cada mes, miles de familias en México esperan la llegada de un dinero que representa mucho más que una cantidad depositada en una cuenta. Son las remesas que envían padres, madres, hijos y hermanos que tuvieron que dejar su hogar para buscar mejores oportunidades en Estados Unidos.

Ese dinero ayuda a pagar la renta, comprar alimentos, cubrir gastos escolares y atender necesidades que, en muchos hogares, serían difíciles de resolver sin ese apoyo. Sin embargo, hay algo que las remesas no pueden enviar: un abrazo, una conversación frente a frente o la oportunidad de compartir los momentos importantes de la vida familiar.

Detrás de cada transferencia hay una historia de sacrificio. Está el padre que trabaja jornadas largas pensando en sus hijos, la madre que se pierde celebraciones familiares y el hijo que quisiera estar presente cuando sus padres envejecen. Muchas veces, quienes reciben el dinero conocen el esfuerzo que hay detrás, pero la distancia termina convirtiéndose en una parte dolorosa de la vida cotidiana.

La tecnología permite hacer videollamadas, enviar fotografías y estar en contacto casi todos los días. Aun así, una pantalla no puede reemplazar la presencia de una persona. No es lo mismo felicitar a un hijo por sus logros desde otro país que abrazarlo, ni acompañar a los padres por teléfono que estar junto a ellos cuando necesitan ayuda.

También existe una realidad que pocas veces se menciona: quienes migran no siempre viven con la tranquilidad que otros imaginan. Mientras sus familias reciben apoyo económico, muchos trabajadores enfrentan soledad, cansancio y la preocupación de no poder regresar cuando más se les necesita.

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Por eso, las remesas deben entenderse no solo como una aportación económica, sino también como parte de una historia familiar marcada por la distancia, la esperanza y el sacrificio.

México recibe un apoyo importante de quienes trabajan fuera de sus fronteras, pero no deberíamos olvidar que detrás de cada envío de dinero hay personas que también quisieran estar en casa. Porque ayudar económicamente a la familia puede aliviar muchas necesidades, pero no elimina la ausencia.

Al final, el verdadero deseo de muchas personas migrantes no es solamente poder enviar dinero cada mes, sino llegar al día en que puedan reunirse con sus seres queridos sin tener que despedirse nuevamente.

Porque las remesas pueden pagar la comida, la escuela y el techo de una familia, pero nunca podrán comprar ese abrazo que tanto tiempo lleva esperando.