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El desarrollo de las infancias era diferente antes de la era digital y el uso de las pantallas

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Opinión por Héctor Loya

¿Cuántos libros leemos en la actualidad? Este es un tema por demás analizado y la verdad, y lamentablemente, son pocas las personas, de todas las edades que tienen la costumbre de leer un libro en un mundo lleno de pantallas.

Hoy en día es común ver a un niño de tres años deslizar la pantalla de un dispositivo con más destreza que un adulto mayor. Pero no hace tanto tiempo, la educación y el entretenimiento infantil eran completamente diferentes.

No había YouTube para enseñar los colores, ni aplicaciones para dormir a los niños, ni videollamadas para conectar con la familia.

Antes del auge de los medios electrónicos, la educación de los niños no era responsabilidad exclusiva de los padres ni de la escuela: era una tarea compartida por toda la comunidad.

Los abuelos contaban historias, los vecinos corregían conductas en la calle, y los maestros eran figuras de autoridad incuestionables, profundamente respetadas por su vocación.

No existían tutoriales en línea, pero sí una rica transmisión oral. Los valores no se inculcaban con videos animados, sino con ejemplos tangibles que iban desde ayudar a poner la mesa, respetar los tiempos del otro, pedir permiso y dar las gracias.

La vida misma era el escenario de aprendizaje, y los niños participaban activamente de ella.

En la era predigital, el juego era el principal medio de aprendizaje, los niños aprendían a resolver conflictos, a negociar, a colaborar y a imaginar a través del juego libre, generalmente al aire libre.

Las calles, los patios y los parques eran el aula más común, con una cuerda, una piedra o una caja de cartón, se inventaban mundos enteros.

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Sin medios electrónicos, la palabra era el medio más poderoso. Los niños escuchaban activamente, preguntaban, memorizaban, se desarrollaban la atención, la memoria y el lenguaje con una profundidad que difícilmente puede reemplazarse con un video de cinco minutos.

Los libros, que ahora parecen casi extintos, eran puertas a mundos desconocidos, tesoros que se compartían entre hermanos y vecinos. Leer no era una tarea, sino una aventura. Y el acto de leer en voz alta era una ceremonia afectiva que unía generaciones.

Es cierto que no todo era perfecto, había limitaciones, desigualdades, autoritarismos y carencias. Pero también había una riqueza en la vida cotidiana que hoy está en riesgo de perderse. El avance tecnológico ha traído innumerables beneficios, pero también desafíos enormes.

No se trata de rechazar la tecnología, sino de recordar cómo se hacía antes para recuperar lo que valía la pena. Integrar lo digital sin sacrificar lo humano. Que el celular no sustituya la mirada, ni la app reemplace al abrazo.