
Editorial por Luis Molina
En un mundo que demanda cada vez más respeto, tolerancia y empatía, es alarmante que el bullying siga siendo un problema recurrente en nuestras escuelas. No es un simple “juego de niños” ni una fase que se supera con el tiempo. Es una forma de violencia que deja cicatrices profundas, muchas veces invisibles, en quienes la sufren. Por eso, la educación contra el bullying no debe empezar en el aula, sino en casa.
Los padres somos los primeros educadores. Desde los primeros años, los hijos observan y aprenden de nuestras palabras, nuestras actitudes y la manera en que tratamos a los demás. Si crecen en un entorno donde se fomenta el respeto, la escucha y la diversidad, es mucho menos probable que recurran a la burla, el maltrato o la humillación para sentirse superiores o aceptados.
Enseñar a nuestros hijos a no hacer bullying no significa solo decirles que no deben pegar o insultar. Significa enseñarles a ponerse en el lugar del otro, a reconocer el dolor ajeno y a actuar cuando vean una injusticia. Es enseñarles que la fuerza no está en dominar al otro, sino en ayudarlo a levantarse. Que la diferencia no es una amenaza, sino una oportunidad para aprender.
La escuela, por supuesto, tiene un papel fundamental en este proceso. Pero si en casa no se refuerzan esos valores, si los niños ven normal que se insulte, se discrimine o se rían de los demás, difícilmente cambiarán su conducta en el entorno escolar. La coherencia entre lo que se enseña en casa y en la escuela es clave.
Como sociedad, no podemos seguir normalizando el bullying ni minimizando su impacto. No es exagerado decir que puede arruinar infancias, destruir la autoestima y, en los peores casos, llevar a decisiones trágicas. La prevención empieza con cada uno de nosotros, con cada palabra que decimos y con cada ejemplo que damos.
Educar a un hijo para que no haga bullying es educarlo para que sea una buena persona. Y eso, más que cualquier logro académico, es el verdadero éxito en la crianza.





































