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El valor de saber dónde poner tu tiempo

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Editorial por Luis Molina 

En una época donde todo parece medirse en apariencias, saber administrar el tiempo se ha convertido en un acto casi revolucionario. No porque el tiempo sea escaso —siempre lo ha sido—, sino porque hoy está constantemente asediado por distracciones disfrazadas de vida social, éxito y pertenencia.

Las redes sociales han construido una vitrina donde muchos exhiben una versión inflada de sí mismos: logros exagerados, estilos de vida que no sostienen y relaciones que, fuera de la pantalla, carecen de profundidad. Este fenómeno no solo distorsiona la realidad, sino que empuja a otros a entrar en una dinámica peligrosa: imitar lo superficial, perseguir lo vacío y, peor aún, invertir tiempo en mantener una imagen en lugar de construir una vida real.

Pero el problema no se queda en lo digital. Se traslada a la vida cotidiana: reuniones después del trabajo que no aportan crecimiento, círculos sociales que giran en torno a la queja, la mediocridad o la simple inercia de “pertenecer”. No todo encuentro suma, y no toda compañía impulsa. De hecho, muchas veces sucede lo contrario: se normaliza el estancamiento.

Aquí es donde entra una decisión incómoda pero necesaria: aprender a separarse. No desde el desprecio, sino desde la claridad. Entender que no todas las relaciones deben mantenerse, que no todos los espacios merecen tu energía, y que el tiempo invertido en dinámicas vacías es tiempo que no vuelve.

Saber usar el tiempo implica tener criterio. Significa elegir conversaciones que te reten, actividades que te construyan y entornos que te exijan crecer. También implica renunciar: decir no a planes que solo llenan horas pero vacían propósito.

Hay una diferencia enorme entre estar ocupado y estar avanzando. Muchos viven saturados de compromisos sociales, pero vacíos de dirección. Y ahí es donde se perpetúa el ciclo: mismos lugares, mismas personas, mismas conversaciones… y los mismos resultados.

Romper ese patrón no es fácil. Requiere incomodidad, distancia y, en ocasiones, soledad. Pero también trae algo que no se puede fingir: progreso real.

Al final, no se trata de sentirse “mejor que otros”, sino de ser honesto con uno mismo. De reconocer que el tiempo es el recurso más democrático —todos tenemos 24 horas— pero también el más implacable: lo que haces con él define, tarde o temprano, quién eres.

Sentirse orgulloso de usar bien el tiempo no es arrogancia, es responsabilidad. Porque mientras algunos siguen atrapados en la repetición, otros deciden construir.

Y esa diferencia, aunque no siempre se vea en redes sociales, se nota en la vida real.

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