
Editorial por Luis Molina
Vivimos en una sociedad diversa. Diferentes historias, creencias, opiniones y formas de entender el mundo conviven a diario en nuestras calles, en nuestras familias y en nuestras redes sociales. Esta diversidad no es un defecto que debamos corregir, sino una riqueza que debemos aprender a respetar.
Sin embargo, en tiempos de polarización, parece cada vez más difícil aceptar que el otro piense distinto. El debate se convierte en confrontación, y la crítica se transforma en descalificación personal. Nos olvidamos de una verdad sencilla pero poderosa: no todos pensamos igual, y eso está bien.
En este contexto, conviene recordar las sabias palabras de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz.” Una sociedad democrática y justa no se construye desde la imposición ni desde el desprecio por el pensamiento ajeno, sino desde el reconocimiento del otro como igual en dignidad y en derechos.
Respetar no significa estar de acuerdo. Significa reconocer el derecho del otro a pensar, a creer, a vivir diferente, siempre que no se vulnere la libertad ni la dignidad de los demás. La tolerancia no es resignación; es un acto consciente de paz.
Incluso si pensamos en cómo Dios nos dio el libre albedrío a cada uno de nosotros como seres humanos siendo él la máxima autoridad de poder nos deja a elección qué camino tomar con cuánta más razón como seres humanos imperfectos debemos de respetar las decisiones de los demás y claro eso no quiere decir que estamos de acuerdo muchas veces en dichas decisiones y acciones pero aun así debemos de respetar a las decisiones y libertad de elección de los demás.
Hoy, más que nunca, necesitamos practicar ese respeto. En el hogar, en las escuelas, en los medios y en las instituciones. Porque sin respeto, no hay diálogo; y sin diálogo, no hay paz posible.








































