
Opinión por Héctor Loya
Los seres humanos no somos iguales, somos diferentes, y esto no nos hace ni mejores ni peores, solo nos hace humanos. Necesitamos vivir en convivencia armoniosa, donde las diferencias de cada quien nos enriquezcan a todos.
La modernidad posicionó la idea de que todas las personas somos iguales y bajo el paraguas de esa supuesta igualdad, muchas personas que no nacieron iguales se fueron quedando al margen de las leyes, de los derechos, de la dignidad, de la convivencia y de la ciudadanía.
Un ejemplo de ello son las personas indígenas o de pueblos originarios, quienes son consideradas inferiores por muchos en nombre de una sociedad donde todos somos iguales y la diferencia es considerada casi un delito.
Basta con mirar la realidad para saber que no es igual un niño que nazca en la etnia rarámuri a otro que nazca en París o una niña que nazca en un pueblo apache a otra que nazca en la zona de Nueva York.
Esos niños no tendrán las mismas posibilidades, serán tratados de manera distinta y tampoco serán considerados iguales por más que la ley así lo dicte.
La globalización, en medio de sus males, también ha permitido visibilizar y entrar en contacto con la diversidad de mundos, cosmovisiones, culturas, cosmogonías que corroboran, no la igualdad de los seres humanos, sino su diversidad.
Por eso, hoy aparecen nuevos vocablos para intentar dar cuenta de la nueva realidad, y nos referimos a nuestro mundo como pluricultural y multiétnico. Asumimos que somos parte de un pluriuniverso, que las personas son singulares, que sienten, piensan, razonan, creen, actúan y aman de manera distinta.
Ya todos sabemos que vivimos tiempos de acelerados y profundos cambios o, como señalan algunos, experimentamos un cambio de época. Esto implica que nosotros también estamos siendo afectados mientras se producen mudanzas a nuestro alrededor y más allá. Todo ocurre de manera simultánea, con nuestro conocimiento o sin él y, además, muy rápido.
Esa dinámica ocasiona una variedad de interpretaciones y reacciones de parte de la sociedad. Se trata de brechas que se abren para poder reconocer la diversidad humana con sus grandes potencialidades y vulnerabilidades en un mundo de convivencias, en el que no haya un grupo de iguales que se imponga sobre otro que no sea considerado como tal.
Los seres humanos somos diferentes, lo único de iguales que tenemos son nuestras diferencias. El desafío de la sociedad es superar los fundamentalismos que la homogenizan. Qué fácil es absolutizar las luchas, las creencias, los afectos, las opciones, los ideales y destruir la vida de los no iguales, de los diferentes, aunque muchos digamos que lo hacen por la igualdad.








































