
Opinión por Héctor Loya
Cada septiembre, el mundo conmemora el Mes Internacional de la Prevención del Suicidio. En este mes, más allá de cifras y campañas, se nos invita a detenernos, a mirar de frente una realidad que suele incomodar.
Este año el lema, cambiar la narrativa sobre el suicidio, no es solo una consigna, es una interpelación profunda, para que nos planteemos cómo hablamos del suicidio, qué buscamos escuchar y qué entendemos cuando oímos hablar de ello.
Cambiar la narrativa conlleva en primer lugar dejar de tener miedo a hablar del suicidio. Significa entender que el silencio no protege, que el tabú no previene, al contrario: perpetúa el estigma, impide la prevención, bloquea la ayuda.
Cambiar la narrativa implica saber qué es lo que queremos comunicar y cómo hacerlo. Implica utilizar modelos objetivos de comunicación, lejos del dramatismo, que nos permitan describir el suicidio no como un acto individual de una decisión de una persona concreta, sino como el resultado de múltiples factores sociales, sanitarios, emocionales y estructurales, como un acto complejo vinculado a la soledad, a la invisibilidad, a la falta de sentido y también a la depresión y a la enfermedad mental.
Implica reconocer que la soledad no es un estado neutro, es una herida estructural que afecta a millones de personas y que cuando es no deseada, se convierte en abandono.
Exige reconocer la depresión y saber nombrar ese sufrimiento, validarlo y tratarlo. Dejar de asociar los comentarios de ya no tengo nada que hacer o mejor no molestar con una tristeza normal y pensar en la posible enfermedad.
El suicidio no siempre se anuncia, y a veces se manifiesta de forma silenciosa, dejando de comer, rechazando la medicación, aislándose. A veces son gestos que no hablan, que no se verbalizan pero que tienen que escucharse y saber ser narrados.
Cambiar implica actuar, no solo reflexionar: promocionar medidas de prevención y bienestar, saber cómo detectar tempranamente la depresión, evitar el aislamiento, promover redes vecinales de acompañamiento, crear dispositivos de día con enfoque emocional, ensalzar campañas contra el edadismo o contra la soledad, o líneas telefónicas de apoyo o la prescripción social desde atención primaria, entre otras.
Necesitamos narrativas que lo expliquen, que lo vinculen al dolor, a la falta de apoyo, a la necesidad de escucha. Necesitamos libros que hablen de la esperanza, películas que muestren el valor de pedir ayuda, medios que informen con rigor y sensibilidad. Porque cada palabra cuenta, cada imagen construye sentido y cada historia puede abrir o cerrar puertas.










































