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La nostalgia también tiene un precio

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Editorial por Luis Molina

Hay inmigrantes que pasan años soñando con regresar a México. Extrañan la comida, las reuniones familiares, las calles donde crecieron y esa sensación de estar en casa sin necesidad de explicar quiénes son. Mientras trabajan lejos de su tierra, guardan la esperanza de que algún día podrán volver para quedarse.

Pero el tiempo no se detiene. Mientras estamos fuera, nuestros padres envejecen, nuestros hijos crecen y los amigos siguen caminos diferentes. México también cambia, y nosotros cambiamos con él, aunque a veces no nos demos cuenta.

Entonces llega el día de regresar, ya sea de visita o definitivamente, y descubrimos que algo es diferente. Nos sentimos felices de estar en nuestra tierra, pero extrañamos la vida que construimos lejos. Allá dejamos una parte de nuestro corazón y aquí sentimos que otra parte ya no encaja del todo.

También están quienes regresan y descubren que las cosas que recordaban con tanto cariño ya no son iguales. La casa de la infancia puede seguir en pie, pero quienes la llenaban de vida quizá ya no están. Los amigos tienen otras responsabilidades, las costumbres cambian y aquellas tardes que parecían eternas se convierten en recuerdos que no podemos recuperar.

Mientras tanto, en el país donde ahora vivimos, también hemos construido una historia. Aquí están nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestras amistades y los pequeños hábitos que, sin darnos cuenta, se volvieron parte de nuestra identidad. A veces nos sorprende extrañar cosas que antes no tenían importancia, como una calle, una tienda o la tranquilidad de nuestra rutina.

Por eso, para muchos inmigrantes, la pregunta no es solamente cuándo regresar, sino dónde está realmente su hogar. México representa las raíces, la familia y los recuerdos; el lugar donde vivimos representa el esfuerzo, los sacrificios y el futuro que hemos intentado construir. Ambos lugares tienen algo nuestro, pero ninguno puede devolvernos exactamente la vida que dejamos atrás.

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Quizá lo más difícil sea aceptar que emigrar también significa aprender a despedirse. No necesariamente de un país, sino de una etapa de nuestra vida que no volverá. Podemos regresar, abrazar a nuestra gente y recorrer los lugares que extrañamos, pero el tiempo habrá seguido su curso, y nosotros también habremos cambiado.

La nostalgia nos recuerda de dónde venimos, pero también puede hacernos idealizar un pasado al que ya no es posible regresar de la misma manera. Extrañar es natural, conservar nuestras raíces es importante y desear volver no tiene nada de malo. Sin embargo, también debemos aprender a valorar la vida que tenemos hoy, sin sentir que estamos traicionando nuestro origen por construir un futuro lejos de él.

Porque emigrar no solamente significa dejar un país; también significa despedirse de una etapa de nuestra vida. Y a veces, el precio de buscar un futuro mejor es descubrir que, cuando queremos volver a casa, la casa sigue ahí, pero nosotros ya no somos los mismos.