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El descontrol en el acceso de los menores a las redes sociales ha creado crecientes problemáticas humanas

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Por Héctor Loya/ El Informador

Siempre lo he dicho y lo seguiré pensando, la tecnología es para que el ser humano la use, no para que la tecnología use a las personas; sin embargo y pese a mi pensamiento, hoy tenemos un territorio virtual sin filtros y lleno de riesgos para niñas, niños y adolescentes.

Y en esta era digital, las redes sociales se han convertido en el nuevo espacio público, el lugar donde millones de personas se conectan, se expresan y construyen identidad.

Sin embargo, este territorio virtual, aparentemente libre e inclusivo, oculta una cruda realidad, y es la exposición sin filtros de millones de menores de edad a un entorno sin reglas claras, sin supervisión efectiva y con riesgos que aún no terminamos de dimensionar.

Hoy, niños, niñas y adolescentes acceden a plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o Snapchat desde edades cada vez más tempranas. Aunque muchas de estas redes establecen como edad mínima los 13 años, la verificación real de la edad es prácticamente inexistente.

Bastan unos clics para que un niño de 9 o 10 años se abra una cuenta y comience a consumir contenido que puede ser nocivo, adictivo o directamente peligroso.

El descontrol en el acceso de los menores a las redes sociales ha dado lugar a una serie de problemáticas crecientes que van desde el ciberacoso, la exposición a contenidos violentos o sexuales, los desafíos virales peligrosos, la hipersexualización infantil, el robo de identidad y la manipulación emocional son apenas la punta del iceberg.

A esto se suma el impacto psicológico de ansiedad, trastornos de la imagen corporal, adicción a los likes y una autoestima condicionada por la aprobación virtual.

Pero ¿de quién es la responsabilidad? ¿De los padres? ¿De las plataformas? ¿Del gobierno? La respuesta no es simple, pero sí urgente. Las empresas detrás de estas plataformas sociales priorizan el crecimiento de usuarios y las ganancias publicitarias antes que la seguridad infantil.

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Es evidente que se necesita regulación, no basta con confiar en la autorregulación de las plataformas, ni cargar toda la responsabilidad sobre las familias. Se requieren acciones claras, exigencias de verificación de edad realmente efectivas, límites a la recopilación de datos de menores, mecanismos obligatorios de control parental, y sobre todo, consecuencias reales para quienes infrinjan estas normas.

Si no actuamos ahora, no solo estaremos dejando a los menores a merced de un mundo virtual sin reglas, estaremos hipotecando su salud mental, su seguridad y su desarrollo como personas críticas, conscientes y responsables.