
Opinión por Héctor Loya
Trabajar ya no es sinónimo de bienestar. Para millones de personas, el empleo dejó de ser una vía para construir un futuro y se convirtió en un mecanismo de supervivencia diaria. Jornadas largas, sueldos que no alcanzan y una sensación constante de agotamiento definen la vida moderna. No vivimos para trabajar, pero tampoco trabajamos para vivir mejor.
El costo de la vida sube con una rapidez que los salarios no logran seguir. Renta, transporte, comida y servicios básicos consumen casi todo el ingreso mensual, dejando poco espacio para el descanso, la recreación o el ahorro. En este escenario, tener dos empleos ya no es una excepción, sino una necesidad disfrazada de esfuerzo.
La narrativa dominante insiste en que el problema es individual: “si te esfuerzas más, lo lograrás”. Pero esa idea ignora una realidad incómoda: no se trata de falta de trabajo, sino de falta de condiciones dignas. Hay personas que trabajan más horas que nunca y aun así viven con la angustia de no llegar a fin de mes. El cansancio se normalizó y la precariedad se romantizó.
El tiempo libre se volvió un lujo. Las horas que deberían destinarse a la familia, la salud mental o el simple descanso se sacrifican en nombre de la productividad. El resultado es una sociedad agotada, ansiosa y cada vez más desconectada de sí misma. No es casualidad que el estrés y la depresión estén en aumento: cuando vivir se reduce a sobrevivir, el cuerpo y la mente pasan factura.
Mientras tanto, el discurso político y empresarial sigue hablando de crecimiento económico y cifras récord. Pero ¿crecimiento para quién? Un país no puede medirse solo por su productividad si esa productividad se construye sobre el desgaste de su gente. El progreso pierde sentido cuando se sostiene a costa de vidas exhaustas.
Aceptar esta realidad como algo inevitable es el mayor riesgo. Trabajar más y vivir menos no debería ser el precio a pagar por existir. El verdadero debate no es cuánto produce una persona, sino qué tan digna es la vida que ese trabajo le permite llevar. Porque una sociedad que sobrevive trabajando, pero no vive, es una sociedad que ya está perdiendo algo esencial.









































