
Editorial Por Luis Molina
A lo largo de los años, la calle 28 se ha convertido en un escenario repetido de tragedias que no deberían ser normales ni aceptadas. Demasiadas personas han perdido la vida atropelladas en esta vía, y cada caso deja una pregunta inevitable: ¿qué estamos haciendo mal como sociedad para permitir que esto continúe?
La seguridad vial no es una responsabilidad de una sola parte. Es un compromiso compartido entre peatones, conductores y autoridades. Sin embargo, hoy es urgente hacer un llamado directo a quienes día a día convivimos en estas avenidas.
Por un lado, los peatones son el eslabón más vulnerable del tránsito. Cruzar una avenida como la calle 28 fuera de los pasos peatonales, sin respetar semáforos o sin verificar que los vehículos se hayan detenido, puede marcar la diferencia entre llegar a casa o no hacerlo. Es fundamental entender que los cruces asignados existen para proteger vidas. Usarlos no es una molestia, es una medida básica de autoprotección. En temporada de invierno, esta responsabilidad se vuelve aún mayor: las noches son más largas, la visibilidad disminuye y muchos peatones visten ropa oscura que los hace casi invisibles para los conductores.
Pero cargar la responsabilidad solo sobre el peatón sería injusto e incompleto. Los conductores tienen en sus manos máquinas de varias toneladas y, con ellas, una enorme responsabilidad. En invierno, manejar distraído, a exceso de velocidad o sin la atención necesaria es una decisión peligrosa. La oscuridad, la lluvia, la nieve o la neblina reducen el campo visual y el tiempo de reacción. Un segundo de distracción puede ser irreversible. Respetar los límites de velocidad, estar atentos a los cruces peatonales y conducir con prudencia no es una cortesía: es una obligación moral.
La calle 28 no necesita más cruces improvisados, sirenas ni minutos de silencio. Necesita conciencia. Necesita peatones que se cuiden y conductores que entiendan que llegar unos minutos tarde siempre será mejor que no llegar. La vida humana debe estar por encima de la prisa, la costumbre y la indiferencia.
Mientras no asumamos, todos, nuestra parte de responsabilidad, la lista de víctimas seguirá creciendo. Y eso es algo que, como comunidad, no deberíamos permitir nunca más.








































