
Editorial por Luis Molina
En el corazón de los vastos campos de Estados Unidos, donde se cultivan los alimentos que llegan a millones de hogares, hay una historia que pocas veces se cuenta con la justicia y el respeto que merece.
Es la historia de hombres y mujeres que emigraron de sus países, principalmente de América Latina, con el sueño de una vida mejor, pero que han terminado siendo el sostén silencioso de una de las industrias más esenciales: la agricultura.
Estas personas, muchas veces invisibles para la sociedad, trabajan jornadas extenuantes bajo el sol, la lluvia y las inclemencias del clima. Se levantan antes del amanecer y terminan su jornada cuando ya ha caído la noche, todo para que las frutas, verduras y granos no falten en las mesas de millones de familias. Este trabajo, tan fundamental como cualquier otro, es frecuentemente mal remunerado, escasamente protegido por leyes laborales, y a menudo realizado en condiciones precarias.
A pesar de eso, quienes trabajan en el campo lo hacen con una resiliencia admirable, con una ética de trabajo que debería ser motivo de orgullo y respeto. Son personas que no solo contribuyen al sistema económico estadounidense, sino que también sostienen con sus remesas a sus familias en sus países de origen. Migran con la esperanza de ofrecer a sus hijos lo que ellos no tuvieron: educación, salud, y oportunidades.
La narrativa pública muchas veces olvida este sacrificio. En lugar de reconocer su labor, los trabajadores migrantes enfrentan estigmas, discriminación y políticas que criminalizan su existencia. Pero la verdad es clara: sin ellos, el sistema alimentario colapsaría. Sin ellos, no habría cosechas, ni frutas frescas en los supermercados, ni alimentos suficientes en nuestras mesas.
Por eso, es urgente replantear la manera en que vemos y tratamos a nuestra gente del campo. Merecen derechos laborales plenos, acceso a servicios de salud, un trato digno y la regularización de su estatus migratorio. No son ilegales, no son invisibles: son esenciales.
Este país debe reconocer que la riqueza de sus campos no solo está en lo que se cosecha, sino en quién lo cosecha. Y ese “quién” lleva rostros de madres, padres, jóvenes valientes y trabajadores incansables que, con callos en las manos y esperanza en el corazón, han construido una vida en tierra ajena sin perder sus raíces.









































