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La importancia de saludar y ser amable

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Opinión por Héctor Loya

Puede parecer un gesto pequeño. Tan pequeño que muchas veces pasa desapercibido. Un simple “buenos días”, una sonrisa ligera, un “gracias” sincero. Sin embargo, en una sociedad cada vez más acelerada, distraída y ensimismada, saludar y ser amable se ha convertido casi en un acto extraordinario.

Vivimos deprisa. Caminamos mirando el celular, entramos y salimos de lugares sin levantar la vista, interactuamos lo mínimo indispensable. Nos hemos acostumbrado a la eficiencia, pero hemos descuidado la calidez. Y en ese descuido, algo esencial se está perdiendo: el reconocimiento del otro.

Saludar no es solo una formalidad. Es una forma básica de decir: “Te veo. Reconozco que estás aquí.” Es validar la existencia del otro, aunque sea por unos segundos. Es romper la barrera invisible del anonimato cotidiano.

La amabilidad, por su parte, no es debilidad ni ingenuidad. Es fortaleza emocional. Requiere control, empatía y conciencia. Ser amable cuando todo va bien es sencillo. Ser amable cuando estamos cansados, frustrados o preocupados, ahí es donde se demuestra carácter.

Un saludo puede cambiar el tono del día de alguien. No sabemos qué carga emocional trae la persona que atiende en la tienda, el compañero de trabajo, el vecino, el conductor que se detiene a nuestro lado en el semáforo. A veces, un gesto amable es el único momento positivo que alguien recibe en horas.

Hemos normalizado la indiferencia. Nos parece más común la grosería que la cortesía. Pero las comunidades fuertes no se construyen solo con grandes discursos o políticas públicas; se construyen con pequeñas acciones repetidas todos los días.

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La amabilidad es contagiosa. Un gesto genera otro. Una sonrisa provoca otra. Un “gracias” sincero suaviza tensiones. No resuelve todos los problemas del mundo, pero mejora el espacio inmediato que habitamos.

En tiempos donde hablamos mucho de empatía, inclusión y respeto, quizá deberíamos empezar por lo básico. No cuesta dinero. No requiere preparación. No exige estatus. Solo requiere intención.

Ser amable no significa permitir abusos ni ignorar injusticias. Significa elegir la dignidad en el trato cotidiano. Significa entender que cada persona merece un mínimo de consideración.