
Opinión por Héctor Loya
Hay mexicanos que llevan cinco, diez, veinte o más años viviendo en Estados Unidos y todavía sienten que una parte de ellos se quedó al otro lado de la frontera.
Aquí está el trabajo, el presente y muchas veces el futuro. Allá quedaron los padres, los hermanos, los amigos de la infancia, los recuerdos y esa tierra que, aunque cambie con los años, seguimos llevando en la memoria.
Porque emigrar no significa necesariamente dejar México atrás. Para muchos significa aprender a vivir con el corazón dividido entre dos países.
Lo hacemos evidente en las cosas más sencillas: la comida, la música, las fiestas, las llamadas familiares y las tradiciones que seguimos celebrando aunque estemos a miles de kilómetros de casa.
Basta escuchar una canción mexicana o probar un platillo de nuestra tierra para que aparezca la nostalgia.
Y después están nuestros hijos.
Muchos nacieron en Estados Unidos, crecieron aquí y hablan inglés como primer idioma. Pero nosotros queremos que conozcan sus raíces, que sepan de dónde vienen sus padres y abuelos y que entiendan que crecer en Estados Unidos no significa olvidar que también llevan sangre y cultura mexicana.
Ellos tendrán su propia identidad, formada entre dos culturas. Y quizá esa sea precisamente su mayor riqueza.
Pero regresar a México después de muchos años también puede ser extraño. Buscamos el país que dejamos y descubrimos que el tiempo también pasó allá. Cambiaron las calles, algunos amigos se fueron y nuestros padres envejecieron.
Entonces comprendemos que mientras nosotros construíamos una vida lejos, México también continuó sin nosotros.
¿Dónde está entonces nuestro hogar?
Quizá el hogar no siempre sea un lugar. A veces es una persona, una voz al teléfono, una comida, una fotografía o una canción.
Podemos agradecer las oportunidades que encontramos en Estados Unidos y, al mismo tiempo, seguir extrañando México.
Podemos querer a dos países.
Porque vivir entre dos mundos no necesariamente significa no pertenecer a ninguno.
Tal vez significa tener la fortuna —y a veces el peso— de pertenecer a los dos.
Y cuando alguien nos pregunta: “¿De dónde eres?”, quizá la respuesta no sea tan sencilla.
Somos de donde nacimos, sí.
Pero también somos de donde construimos nuestra vida…
y de donde todavía está nuestro corazón.








































