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¿Qué pasó con el sentido común?

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Opinión por Héctor Loya 

Hay cosas que no deberían necesitar una explicación: Ceder el paso, respetar una fila, recoger lo que tiramos al suelo, bajar la velocidad cerca de una escuela, no bloquear una entrada, ayudar a una persona mayor o simplemente pensar antes de actuar.

Sin embargo, cada vez es más común encontrarnos con comportamientos que nos hacen preguntarnos: ¿qué pasó con el sentido común?

No hablamos de conocimientos académicos ni de tener una gran inteligencia. El sentido común tiene más que ver con algo mucho más sencillo: entender que vivimos en sociedad y que nuestras acciones afectan a los demás.

El problema es que muchas pequeñas conductas que antes eran consideradas una falta de educación hoy parecen haberse normalizado.

El conductor que se estaciona donde está prohibido porque “solo serán cinco minutos”. El que se mete en una fila porque tiene prisa. El vecino que deja la basura donde no corresponde. La persona que ocupa un espacio destinado para alguien con discapacidad sin necesitarlo. El ciudadano que ve una situación injusta y decide mirar hacia otro lado.

Son cosas pequeñas, aparentemente insignificantes. Pero cuando millones de personas comienzan a justificar pequeñas faltas, el resultado termina siendo un problema grande.

Y quizá ahí está la verdadera crisis: nos hemos acostumbrado a justificar lo incorrecto cuando nos beneficia.

Queremos vivir en ciudades limpias, pero tiramos basura. Queremos seguridad, pero ignoramos las reglas de tránsito. Queremos respeto, pero insultamos a quien piensa diferente. Queremos buenos ciudadanos, pero muchas veces no damos el ejemplo.

También tenemos que reconocer que las nuevas generaciones no son las únicas responsables. Los niños aprenden observando a los adultos. Si un padre le dice a su hijo que respete las reglas mientras él mismo las ignora, el mensaje que realmente está enseñando es otro.

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El sentido común también se educa. No necesitamos una ley para cada comportamiento. No debería ser necesario colocar un letrero que diga “no tires basura”, “respeta la fila” o “no bloquees la entrada”. Algunas cosas deberían nacer simplemente de la consideración hacia los demás.

Tal vez hemos llegado a un punto en el que creemos que mientras algo no sea ilegal, está bien hacerlo.

Y no es así. No todo lo legal es necesariamente correcto, ni todo lo incorrecto necesita estar prohibido por una ley.

Una sociedad funciona cuando existe algo más que reglamentos: existe responsabilidad, educación, respeto y empatía.

Quizá recuperar el sentido común no requiere grandes reformas ni discursos políticos. Tal vez comienza con algo mucho más sencillo: detenernos unos segundos antes de hacer algo y preguntarnos:

“¿Y si todos hicieran lo mismo que yo?” Porque las grandes sociedades no se construyen solamente con grandes decisiones. También se construyen con pequeños actos cotidianos.

Y quizá el sentido común no desapareció. Quizá simplemente dejamos de utilizarlo.