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La violencia contra la mujer: una deuda social que no admite excusas

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Opinión por Héctor Loya

En todo el mundo, cada día se registran agresiones, silencios obligados y miedos heredados que retratan una realidad que, por mucho tiempo, se normalizó: la violencia contra la mujer.

Es por eso que este 25 de noviembre se conmemoró el Día de internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer como un recordatorio de que no se trata únicamente de cifras alarmantes o de titulares pasajeros; sino que se trata de un problema profundamente arraigado en la cultura, sostenido por prácticas cotidianas que permitimos, justificamos o simplemente ignoramos.

Y es precisamente ahí donde radica nuestra mayor responsabilidad como sociedad: en dejar de mirar hacia otro lado.

Erradicar la violencia no es una tarea exclusiva del gobierno ni de las instituciones. Si bien las leyes, protocolos y políticas públicas son indispensables, la transformación profunda inicia en los espacios que habitamos todos los días: la familia, la escuela, el trabajo, la comunidad. En cada uno de ellos existen comentarios, gestos, discriminaciones o silencios que parecen inofensivos, pero que contribuyen a perpetuar una cultura donde la mujer sigue siendo vulnerable por el simple hecho de ser mujer.

La violencia no siempre inicia con un golpe. Empieza con una broma sexista aceptada entre amigos; con el cuestionamiento de cómo va vestida una joven; con la idea de que las tareas del hogar “naturalmente” le corresponden a ella; con el silencio cuando un vecino grita y humilla a su pareja.

Estos actos, aparentemente pequeños, construyen el ambiente en el que la violencia grave se vuelve posible. Y es precisamente ahí donde cada uno de nosotros tiene la posibilidad, y la obligación moral, de intervenir.

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También es momento de reconocer que la educación representa uno de los frentes más poderosos para cambiar esta realidad. Enseñar a niñas y niños a nombrar sus emociones, a respetar el cuerpo propio y el ajeno, a comprender la igualdad como un derecho y no como una concesión, significa sembrar una cultura que le dispute terreno a la violencia. No son contenidos adicionales: es la base para construir sociedades más justas y seguras.

Como ciudadanos, no podemos seguir delegando la responsabilidad. Exigir justicia, apoyar a las víctimas, denunciar, educar para la igualdad y cuestionar nuestras propias conductas son acciones que nos competen a todos. La indiferencia también mata, porque permite que la violencia crezca en silencio, sin resistencia.

Hoy, más que nunca, debemos asumir que erradicar la violencia contra la mujer es una causa colectiva y no cada 25 de noviembre cuando recordamos esta fecha. No es una lucha de mujeres contra hombres, sino de una sociedad que decide ponerse del lado de la dignidad humana. No es un problema “de género”, es un problema de humanidad. Y mientras no entendamos que cada acto, cada omisión y cada palabra tiene un impacto, seguiremos siendo parte del problema.