
Opinión por Héctor Loya
Para miles de migrantes, 2025 no será recordado como un año más en el calendario, sino como una etapa marcada por el miedo, la persecución y la incertidumbre constante en Estados Unidos. No fue solo un año difícil: fue el año en que migrar se volvió sinónimo de esconderse, de correr, de callar, de vivir con la sensación permanente de estar siendo cazado.
Las políticas migratorias impulsadas por Donald Trump se endurecieron como pocas veces antes. Lo que comenzó como discursos de campaña terminó convertido en acciones concretas: redadas más frecuentes, deportaciones aceleradas, cancelación de protecciones temporales y una narrativa oficial que presentó al migrante no como trabajador, vecino o padre de familia, sino como amenaza. El mensaje fue claro y constante: no son bienvenidos.
En comunidades enteras, el miedo se volvió parte de la rutina diaria. Migrantes dejaron de llevar a sus hijos a la escuela, de acudir a hospitales, de denunciar delitos por temor a ser detenidos. Hubo quienes dejaron de trabajar, aun sabiendo que eso significaba no pagar renta o no tener qué comer, porque salir a la calle implicaba exponerse. En 2025, la vida del migrante se redujo a sobrevivir sin ser visto.
La palabra “cacería” no es exageración. Para muchos, las detenciones no parecían producto de operativos de seguridad, sino de una persecución sistemática basada en el perfil, el idioma, el color de piel o el acento. Ser migrante indocumentado dejó de ser solo una condición administrativa para convertirse en una sentencia de angustia diaria.
Lo más grave no fue únicamente la deportación, sino la deshumanización. Familias separadas sin explicaciones claras. Años de trabajo borrados en cuestión de horas. Niños que regresaron de la escuela a casas vacías. Personas que construyeron comunidades enteras tratadas como cifras incómodas en discursos políticos.
Estados Unidos, un país construido históricamente por migrantes, pareció olvidar su propia raíz. La narrativa del “enemigo interno” sirvió para ganar aplausos, pero tuvo un costo humano incalculable. Porque detrás de cada deportación hay una historia truncada; detrás de cada redada, una familia rota.
2025 dejó una lección dolorosa: cuando la política se gobierna desde el miedo y no desde la dignidad humana, los más vulnerables siempre pagan el precio más alto. Los migrantes no fueron el problema, pero sí se convirtieron en el blanco.
Y mientras el discurso se endureció, el silencio de muchos también pesó. Porque la historia no solo juzga a quienes persiguen, sino a quienes miran hacia otro lado.







































