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¿Estamos educando niños o pequeños consumidores de tecnología?

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Opinión por Héctor Loya 

Por las mañanas, antes de escuchar un “buenos días”, muchos niños ya han encendido una pantalla. Durante el desayuno, mientras esperan en el automóvil, durante los momentos de aburrimiento y, en algunos casos, incluso antes de dormir, el celular o la tableta se han convertido en compañeros permanentes.

La pregunta incómoda es: ¿estamos educando a nuestros hijos o estamos dejando que la tecnología los eduque por nosotros?

La tecnología no es el enemigo. Sería absurdo pensar que podemos criar a nuestros hijos completamente alejados de ella. Las herramientas digitales pueden ayudar a aprender, investigar, comunicarse y desarrollar nuevas habilidades. El problema aparece cuando una herramienta deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en el centro de la vida de un niño.

Hoy es común ver a pequeños que se desesperan cuando no tienen un teléfono en las manos. Un viaje en automóvil sin una pantalla parece interminable. Esperar en un restaurante se convierte en una crisis. Cinco minutos de aburrimiento parecen insoportables.

Y quizá ahí está uno de los grandes problemas: les estamos quitando a los niños la oportunidad de aburrirse.

El aburrimiento también educa. Hace que un niño imagine, invente juegos, observe lo que ocurre a su alrededor, converse, pregunte y descubra. Antes, una tarde sin nada que hacer podía terminar en una bicicleta, un balón, un dibujo, una historia inventada o simplemente una conversación familiar.

Ahora, muchas veces, basta con deslizar un dedo para que aparezca una nueva distracción.

También debemos preguntarnos qué ejemplo estamos dando los adultos. No podemos exigirles a nuestros hijos que abandonen el celular mientras nosotros revisamos constantemente las notificaciones durante la comida, una conversación o incluso cuando ellos intentan hablarnos.

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Los niños no solamente escuchan lo que les decimos; también imitan lo que hacemos.

La responsabilidad tampoco puede recaer únicamente en las familias. Las escuelas enfrentan diariamente las consecuencias de una generación que ha crecido rodeada de estímulos rápidos. Concentrarse durante una lectura, escuchar durante varios minutos, escribir a mano o resolver un problema sin buscar inmediatamente la respuesta en internet puede representar un desafío para algunos estudiantes.

Pero prohibir la tecnología tampoco resolverá el problema.

Necesitamos enseñarles a utilizarla, no a depender de ella. Necesitamos que un niño sepa cuándo una pantalla puede ayudarlo a aprender y cuándo debe apagarla para jugar, conversar, leer, descansar o simplemente mirar el mundo que tiene frente a sus ojos.

Porque la infancia no debería transcurrir únicamente frente a una pantalla.

Un niño necesita ensuciarse las manos, correr, equivocarse, esperar, perder un juego, ganar otro, leer un libro, escuchar historias de sus abuelos, convivir con sus padres y aprender a resolver conflictos cara a cara.

La tecnología seguirá avanzando. Las aplicaciones cambiarán, aparecerán nuevas plataformas y probablemente la inteligencia artificial formará parte cada vez más de nuestra vida cotidiana.

La verdadera pregunta no es si nuestros hijos utilizarán tecnología.

La pregunta es quién tendrá el control: ellos o la tecnología.

Porque si no somos capaces de poner límites, enseñar responsabilidad y recuperar los espacios de convivencia, corremos el riesgo de criar niños perfectamente capaces de manejar una pantalla, pero cada vez menos preparados para manejar sus emociones, sus relaciones y el mundo real.

Educar también significa enseñar cuándo desconectarse.

Y quizá hoy, más que nunca, nuestros hijos necesitan que nosotros seamos capaces de hacerlo primero.

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