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Lo que no se ve detrás de una fotografía

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Editorial por Luis Molina

Vivimos en una época en la que una fotografía puede decir mucho, pero también puede ocultar muchísimo más. Las redes sociales se han convertido en una ventana a la vida de los demás, pero el problema es que muchas veces olvidamos que esa ventana solo muestra el ángulo que alguien decidió enseñarnos.

Un joven entra a sus redes sociales y encuentra fotografías de otros jóvenes estrenando automóvil, mostrando una casa nueva, disfrutando de unas vacaciones, comiendo en restaurantes costosos o luciendo una vida aparentemente perfecta. Mientras observa esas imágenes, puede comenzar a preguntarse: ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué mi vida no se parece a esa?

Y ahí comienza un problema del que debemos hablar con mayor responsabilidad.

No se trata de decir que está mal compartir nuestros logros, nuestros viajes o los momentos felices de nuestra vida. Cada persona tiene derecho a publicar lo que quiera y a celebrar aquello que ha conseguido con esfuerzo. El problema aparece cuando olvidamos que, detrás de cada imagen, existe una historia que no conocemos.

Un automóvil nuevo puede estar acompañado de años de financiamiento. Una casa puede representar décadas de deuda. Un viaje que parece espontáneo y maravilloso puede estar pagándose durante años. Una cena costosa puede haber sido una excepción y no la realidad cotidiana de quien la publica. Y, en otros casos, sencillamente la fotografía puede estar preparada, editada, tomada en otro momento o mostrar una realidad completamente diferente.

Sin embargo, quien observa desde el otro lado de la pantalla no conoce esa historia. Solo ve el resultado.

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Para algunos jóvenes, esa comparación constante puede convertirse en una fuente de frustración. Pueden comenzar a sentir que no han avanzado lo suficiente, que no tienen éxito, que son menos importantes o que sus vidas carecen de valor porque no pueden mostrar las mismas cosas que aparecen en las redes. Lo que para una persona es simplemente una fotografía, para otra puede convertirse en un recordatorio doloroso de aquello que siente que no ha podido alcanzar.

Por eso debemos preguntarnos qué responsabilidad tenemos cuando publicamos.

Las redes sociales no son malas. El problema está en convertirlas en un escaparate permanente de una vida aparentemente perfecta. Cuando solo mostramos el automóvil, pero nunca hablamos de las mensualidades; cuando enseñamos el viaje, pero no contamos los sacrificios que hubo detrás; cuando presumimos una casa, pero ocultamos las preocupaciones económicas que existen en ella, estamos mostrando solamente una parte de la historia.

Y las personas tienden a comparar su realidad completa con el momento cuidadosamente seleccionado de alguien más.

La próxima vez que publiquemos algo, quizá valga la pena preguntarnos no solamente “¿qué quiero mostrar?”, sino también “¿qué mensaje estoy transmitiendo?”.

Y la próxima vez que veamos la vida aparentemente perfecta de alguien más, recordemos algo todavía más importante: no debemos medir nuestra vida contra una fotografía ajena.

Porque las redes sociales muestran momentos. La vida real, en cambio, muestra el camino completo.