
Opinión por Héctor Loya
Vivimos en una época en la que muchos padres trabajan largas jornadas para darles a sus hijos una vida mejor. Se esfuerzan por ofrecerles comida, educación, ropa y oportunidades, pero en medio de tantas responsabilidades, a veces olvidan algo fundamental: sus hijos también necesitan su tiempo y atención.
Un niño puede tener juguetes, videojuegos y ropa nueva, pero nada de eso sustituye una conversación con sus padres, un abrazo sincero o la oportunidad de contar cómo estuvo su día sin competir contra una pantalla.
Hoy, los teléfonos y las redes sociales ocupan buena parte de nuestra atención. Podemos estar sentados junto a nuestros hijos y, al mismo tiempo, estar ausentes en sus momentos más importantes. No se trata de abandonar nuestras obligaciones, sino de aprender a dedicarles momentos de calidad.
Tampoco se trata de ser padres perfectos. Todos nos equivocamos, nos cansamos y tenemos días difíciles. Lo importante es reconocer nuestros errores, aprender a escuchar y demostrarles a nuestros hijos que pueden confiar en nosotros.
La infancia no espera a que tengamos menos trabajo, más dinero o mejores condiciones. Los niños crecen y esos momentos que hoy dejamos para después no siempre vuelven.
A veces, cenar juntos, jugar unos minutos, ayudarlos con una tarea o escucharlos antes de dormir puede significar mucho más que un regalo costoso.
Al final, criar hijos no consiste solamente en darles todo lo material, sino también en acompañarlos mientras crecen y enseñarles, con nuestro ejemplo, que son importantes y amados.
No podemos ser padres perfectos, pero sí podemos esforzarnos por ser padres presentes. Porque darles un futuro es importante, pero estar con ellos mientras construyen su presente también es nuestra responsabilidad.







































