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Cuando la irresponsabilidad abre la puerta a migración

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Editorial por Luis Molina

Hoy en día seguimos viendo, con profunda preocupación, cómo muchas personas continúan cometiendo errores garrafales que les están costando —o les pueden costar— la deportación de los Estados Unidos. En el contexto migratorio actual, ya no hay margen para la imprudencia ni para la falsa sensación de seguridad.

Uno de los casos más alarmantes es el de jóvenes que se encuentran bajo el amparo de DACA. A pesar de contar con una protección temporal que les permite estudiar y trabajar, algunos siguen incurriendo en conductas de alto riesgo, como manejar bajo la influencia del alcohol, la marihuana u otras sustancias. Estos actos, que para otros podrían significar una simple multa o un arresto menor, para ellos pueden representar la pérdida inmediata de su estatus y el inicio de un proceso de deportación.

La situación es aún más delicada para quienes no cuentan con ningún estatus migratorio ni con licencia de conducir, como ocurre en estados como Michigan. Es común ver personas que salen de tiendas con cartones de cerveza y comienzan a tomar mientras conducen su vehículos y manejan bajo la influencia del alcohol, ignorando por completo las consecuencias. Hoy, ese tipo de decisiones no solo ponen en riesgo vidas, sino que pueden marcar el final de su permanencia en este país.

Vivimos un momento en el que el sistema migratorio se ha endurecido. Un encuentro mínimo con las autoridades —una detención de tránsito, una riña, un problema aparentemente menor— puede ser suficiente para desencadenar un proceso de expulsión. Esa es la realidad, aunque a muchos les incomode escucharla.

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Hablar de estos temas no es juzgar ni señalar; es advertir. Es un llamado urgente a la conciencia. No se trata de vivir con miedo, sino de actuar con responsabilidad. Hoy más que nunca, quedarse en Estados Unidos o ser deportado puede depender de una sola decisión.

Este es el momento de comportarse bien, de respetar las leyes, de manejar con responsabilidad, de evitar pleitos y problemas innecesarios. Ser buenos ciudadanos, en el sentido más amplio, no es solo un ideal: es una necesidad para sobrevivir en el entorno migratorio que estamos viviendo.

Ignorar esta realidad no la hará desaparecer. En cambio, asumirla con seriedad puede marcar la diferencia entre seguir construyendo un futuro o perderlo todo en un instante.