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El respeto no debería ser opcional

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Editorial por Luis Molina

Vivimos en una época donde opinar es más fácil que escuchar, donde escribir un comentario toma segundos y pensar en sus consecuencias parece tardar demasiado. En este contexto, el respeto se ha ido tratando como si fuera opcional: algo que se ofrece solo a quien nos cae bien, a quien piensa igual o a quien tiene poder. Pero el respeto no debería depender de simpatías, ideologías o estados de ánimo. El respeto es la base mínima de cualquier convivencia sana.

Respetar no significa estar de acuerdo con todo. Tampoco implica quedarse callado ante lo que consideramos injusto. El respeto es la capacidad de reconocer la dignidad del otro, incluso cuando sus ideas chocan con las nuestras. Es entender que detrás de cada opinión hay una persona con historia, experiencias y emociones. Cuando olvidamos eso, deshumanizamos. Y cuando deshumanizamos, abrimos la puerta al odio.

Hoy vemos discusiones que rápidamente se convierten en ataques personales. En redes sociales, en la escuela, en el trabajo e incluso en la familia, la diferencia de opiniones suele transformarse en insultos. Se confunde libertad de expresión con libertad para agredir. Sin embargo, la verdadera libertad se fortalece cuando está acompañada de responsabilidad.

El respeto tampoco es debilidad. Hay quienes creen que ser respetuoso es “dejarse” o no defenderse. Todo lo contrario: el respeto demuestra madurez. Una persona segura de sí misma no necesita humillar a otros para validar su punto. Puede debatir con firmeza, pero sin perder la compostura ni la empatía.

Además, el respeto genera un efecto multiplicador. Cuando alguien saluda, escucha, agradece y trata con cortesía, crea un ambiente más amable. La importancia de saludar y ser amable no es un detalle superficial; es una práctica diaria que construye comunidades más fuertes. Pequeños gestos pueden cambiar el tono de un día entero.

Si normalizamos la falta de respeto, terminamos acostumbrándonos a la violencia verbal, a la burla constante y a la indiferencia ante el dolor ajeno. Y una sociedad que pierde el respeto pierde también la capacidad de dialogar, de resolver conflictos y de avanzar unida.

Por eso, el respeto no debería ser opcional. Debería ser el punto de partida. No importa la edad, el cargo, la religión, la ideología o la nacionalidad. Todos merecemos un trato digno. Podemos disentir, podemos debatir, podemos señalar errores. Pero siempre desde la base de reconocer que el otro, simplemente por ser persona, merece respeto.

En un mundo que muchas veces parece dividido, el respeto no es un lujo ni una cortesía extra. Es una necesidad. Y empieza por cada uno de nosotros.

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